En el vasto y místico paisaje del Valle Sagrado de los Incas, donde el río Urubamba serpentea entre picos que tocan el cielo, la definición de «alojamiento de lujo» ha sufrido una metamorfosis radical. Para el viajero contemporáneo —aquel que ha recorrido las capitales europeas, los resorts de Maldivas y los safaris africanos— el lujo ya no se mide por la cantidad de mármol en el lobby, sino por la exclusividad del acceso y la profundidad de la experiencia.
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